30 de septiembre de 2017

Un día para el 1-O y lo que más me preocupa a estas alturas ya no es lo que ocurrirá el domingo, sino lo que ocurrirá después. No sé si habrá una intervención masiva de la policía (¿mossos? ¿Guardia Civil? ¿Policía Nacional?) para requisar urnas o si desde Madrid se permitirá la votación con el supuesto de que ya no tiene ningún tipo de credibilidad. En cualquier caso, el domingo por la noche el independentismo hará un discurso triunfalista sin paliativos, con muchas referencias a la democracia, al libertad y al “pueblo de Cataluña”.

Lo que más me asusta es que, enardecido por esa retórica victoriosa, Puigdemont quiera dar una vuelta más de rosca a la situación y declarar la independencia. He leído que una jugada así restaría apoyos al independentismo, porque asustaría a muchos moderados. Puede ser, pero también puede ser que Puigdemont cuente con una respuesta desproporcionada (¿o proporcionada?) del Estado que le sirva, una vez más, para aglutinar en torno a su proyecto al independentismo más amilanado o reticente. En cualquier caso, sería el peor final posible del procés. No creo que llegara a generar violencia en las calles, pero la tensión social sería muy palpable: un goteo constante de pequeños roces entre ciudadanos, un continuo morderse la lengua en público, en familia, con los amigos; un desfilar constantemente ante pintadas reivindicativas camino del trabajo. Como si viviéramos en un país en conflicto. O quizá es que estaríamos ya viviendo en un país en conflicto. No quiero ni pensarlo.

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