17 de octubre de 2017

El martes pasado acabé siguiendo en directo la comparecencia de Puigdemont en casa de mis padres. No pensaba verla, pero al ir a visitarlos tenían la tele puesta y me quedé: al fin y al cabo, se trataba de un acontecimiento histórico.

Unas horas después, me marchaba de su casa más relajado de lo que había entrado: no habría independencia, seguramente no habría 155 (como mínimo de manera inmediata) y podríamos respirar tranquilos durante una temporada. Un par de días después me marchaba a Londres aprovechando el puente del 12 de octubre.

De regreso, me he encontrado con que la incipiente distensión puede irse al traste con la detención y traslado a prisión ayer de los líderes de la ANC y de Òmium (conocidos por aquí como “los Jordis”). Una decisión que me parece excesiva pero que ha tomado una jueza haciendo uso de la independencia que le otorga la separación de poderes, aunque muchos (el Govern incluido) hayan querido ver la mano negra de Rajoy. Sinceramente, no sé qué puede ganar en estos momentos Rajoy con una jugada así: ¿meter miedo al independentismo? ¿Provocar algún tipo de reacción social que justifique el empleo del 155 en breve? Creo que le interesa mucho más alargar la situación de distensión y dejar que se calmen un poco las aguas.

Sin embargo, no me preocupa que Puigdemont se líe la manta a la cabeza y declare la independencia. Si no lo hizo el martes fue porque sabía que carece de apoyos para tirar adelante una empresa semejante y eso no ha cambiado en una semana.

Lo que ahora temo es que las movilizaciones anunciadas para esta tarde puedan prolongarse y provocar una nueva oleada de agitación social, como la que nos tocó vivir en la semana anterior al 1-O. Los mecanismos habituales se han puesto en marcha: ayer noche la cassolada resonó con fuerza en mi barrio, he recibido durante el día de hoy media docena de emails de origen institucional, sindical y académico solidarizándose con los Jordis, esta misma tarde hay una gran manifestación convocada en el centro de Barcelona, la CUP ya ha empezado a hablar de huelgas. Y estoy seguro de que los grupos de whatsapp (pertenezco a pocos y casi inactivos) hierven con eslóganes y consignas. Mi esperanza es que, con el objetivo último de la DUI en un horizonte inalcanzable, la agitación social no alcance las peligrosas cotas pre-revolucionarias de unas semanas atrás.

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