19 de octubre de 2017

Leo en la prensa que este sábado se activa “el 155”, un número de resonancias ya casi cabalísticas y portador de ominosas amenazas. A renglón seguido, leo que la ANC, Òmnium y la CUP ya han anunciado movilizaciones que empiezan mañana mismo, a las ocho de la mañana. Empieza el mambo: una fase de movilizaciones permanentes que sus instigadores han bautizado como de “acción directa”.

Aún no está muy claro en qué consistirán estas acciones pero seguro que nos esperan días broncos en la calle (de mala maror, como decimos en catalán). Y digo días y no semanas porque continúo dudando del aguante del independentista medio para sostener una protesta activa durante un tiempo prolongado. Ayer mismo, 48 horas después de ingreso en prisión de los Jordis, apenas se escucharon las cacerolas en mi barrio (cuando la Guardia Civil arrestó a cargos del Govern hace tres semanas, las cassolades aguantaron con fuerza cuatro o cinco días). Pero tampoco quiero llevarme a engaño: aunque la intensidad de esas “acciones directas” vaya disminuyendo con el tiempo, siempre quedará un remanente de irreductibles dispuestos a cortar calles, hacer pintadas o interferir en la vida vida cotidiana de los ciudadanos para hacer notar su disgusto.

Una confesión: poco antes del 1-O me empezó a rodar por la cabeza la idea de marcharme de Cataluña. Sin embargo, preferí esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres semanas después, tengo por delante la negra perspectiva de acabar viviendo en un país en conflicto. Y me pregunto: ¿quiero vivir así? ¿Quiero convivir con un continuo de pequeños incidentes cotidianos, en una sociedad permanentemente en tensión? ¿Merece la pena? Si yo fuera independentista, la convicción de que al final del túnel me espera el luminoso horizonte de la independencia me daría un incentivo para soportar todo eso, pero sin serlo me pregunto si quiero vivir en una sociedad donde veo cómo la convivencia se va desintegrando poco a poco.

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