25 de octubre de 2017

Tercera oportunidad este mes para declarar la independencia de Cataluña. No se hizo en las 48 horas posteriores al 1-O, no se hizo el 10-O pero podría hacerse el próximo viernes. De nuevo, habrá una congregación independentista cerca del Parlament, aunque no sé si con el mismo entusiasmo que hace quince días. ¿Volverán los payeses leridanos a recorrer 150 kilómetros con sus tractores hasta Barcelona? ¿Se fletará el mismo número de autocares? Estos días no noto la efervescencia que provocó la convocatoria anterior, ni recibo tantos whatsapps al respecto.

Como dije en entradas anteriores, tengo el convencimiento de que los líderes independentistas saben que han perdido la apuesta: de lo contrario hubieran declarado la independencia sin más poco después del 1-O. La falta de apoyos se hizo tan evidente que no se atrevieron a completar el procés de secesión. Pero, de todas formas, la inquietud está ahí. Siempre existe la posibilidad de que Puigdemont decida cometer una última locura y pasar a la Historia como el President que proclamó la independencia de Cataluña el 27 de octubre de 2017. Una proclamación probablemente inútil políticamente pero desastrosa en todos los otros aspectos. Como dice hoy Màrius Carol, director de La Vanguardia, «un desastre social, económico y político que va a condicionar el resto de nuestras vidas».

La alternativa que agitan los moderados es convocar elecciones autonómicas. Y esta convocatoria ha pasado a convertirse en un sinónimo de derrota del independentismo. Yo no acabo de compartir esta idea: no acabo de ver qué se consigue convocando elecciones más allá de ganar unas semanas de relativa calma. Si las elecciones se celebrasen y ganase el independentismo, ¿no volveríamos a estar en el mismo punto? Supongo que en Madrid se considera que, una vez asumida su derrota, el independentismo lo tendrá mucho más difícil para volver a levantar cabeza: habrá desmovilización de las bases, frustración entre sus dirigentes, nada volverá a ser igual. Yo no lo veo tan claro. Una nueva victoria (aunque sea en escaños) del independentismo sería interpretada como un nuevo referendo ganado, uno de esos «el poble de Catalunya està amb nosaltres» que tanto les gusta usar.

Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Aplicar el artículo 155 de la Constitución hasta el final, con todas las consecuencias? Me pregunto si el resultado no será el equivalente inverso a una declaración de independencia: una parte importante de la ciudadanía puede negarse a reconocer a las nuevas autoridades, lo cual puede desembocar en un conflicto social prolongado y mucho más agrio del que hemos vivido hasta ahora. Quizá, en un nuevo juego de manos, Puigdemont declare la independencia y convoque elecciones simultáneamente. ¿La mejor solució o la peor? Un amigo se preguntaba hace poco si Cataluña iba camino de convertirse en una nueva Euskadi de los años del plomo. «Un desastre social, económico y político que va a condicionar el resto de nuestras vidas».

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