6 de noviembre de 2017

Me pregunto si mis hijos me creerán cuando les explique lo que pasó en Cataluña entre la última semana de octubre y la primera de noviembre de 2017, porque incluso a mí me cuestra creerlo. En diez días ha habido sitio para una declaración de independencia, una suspensión de la autonomía, una convocatoria electoral, la huida de un ex President de la Generalitat al extranjero y el ingreso en prisión de la mitad de los ex Consellers. ¿Hay quién pueda dar más? Parecería el argumento de una comedia loca si no fuese porque lo hemos vivido todos en persona. El artículo de Rubén Amón en El País de hoy (enlace) resume perfectamente estos días frenéticos, sin duda los más convulsos que he vivido.

Y yo ya no sé qué añadir, salvo que, para mí, el momento clave de esta ruleta de acciones y reacciones no fue la declaración de independencia, ni la aplicación del artículo 155: fue el momento en que la juez Lamela ordenó la prisión preventiva para la mitad de los ex Consellers. La precaria tranquilidad que había seguido a la aplicación del 155 (no hubo acciones de resistencia reseñables) se acabó en ese instante. Entiendo que a alguien que se ha saltado la Ley con tanto descaro como el Govern de Puigdemont no se le puede enviar a casa con una regañina, pero la prisión preventiva me parece, social y políticamente, una medida contraproducente: el independentismo, desorientado y dividido desde la declaración de independencia interruptus, ha encontrado en ella un nuevo incentivo para aglomerarse y protestar en las calles. Los partidos independentistas ya no tendrán que explicar su inoperancia ni justificar las medias verdades con las que han disfrazado su relato hasta hoy: el discurso contra “la represión del Estado español” lo tapará todo y les dará la oportunidad de cambiar de tema cada vez que alguien les ponga contra las cuerdas. Me he llegado a preguntar si en el fondo el fiscal Maza es independentista, porque su solicitad de prisión preventiva ha sido el oxígeno que más necesitaba el independentismo en esos momentos.

Así que compruebo con tristeza cómo la normalidad ha quedado nuevo viciada por el gigantesco monstruo en que se ha convertido la realidad catalana en estas últimas semanas: de nuevo las conversaciones en las que prefiero no participar por prudencia, de nuevo un barrio empapelado con carteles reivindicativos, una huelga patriótica el próximo día 8 (en la que mis padres me han recomendado participar “para no meterme en líos”), los actos de la proclamada “Semana de la Libertad” (y si no participas es que estás en contra de la libertad, tú mismo) y, en general, la vieja y conocida sensación de división y crispación en el ambiente.

¿Cuánto más va a durar todo esto? ¿Hasta las elecciones del 21-D? ¿Más allá?

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