26 de octubre de 2017

Iñaki Gabilondo comenzaba su videoblog esta mañana confesando, con un tono ominoso, que estamos viendo en directo cómo suceden las grandes catástrofes que marcan la historia de los países. Esas catástrofes sobre las que uno lee en los libros de Historia o que ve en documentales de La 2. Estamos teniendo en terrible honor de asistir en primera fila, con ojos alucinados, a la descomposición de la política y la sociedad de Cataluña. Todos hemos visto (unos con cara de no creérnoslo, otros con absoluta complacencia) cómo el indepedentismo iba inflamando su discurso mes tras mes, año tras año, hasta perder la realidad de vista porque lo único que contaba ya eran sus objetivos. También hemos visto con alarma cómo el Gobierno de España reaccionaba con una torpeza y una lentitud exasperantes mientras eso sucedía. Políticos liliputienses enfrentados a un problema colosal, ha dicho Gabilondo.

Durante unas cuantas horas, esta tarde, he creído que se podía evitar la catástrofe. Como muchísimos otros catalanes, he respirado aliviado cuando Puigdemont ha anunciado la convocatoria de elecciones para el 20 de diciembre. «Ya está», he pensado. «Hemos sufrido pero en el último momento se ha llegado a una solución». Por desgracia, unas horas después hemos despertado todos de ese breve sueño, de nuevo a la loca realidad de la Cataluña de octubre del 2017.

Estos días he recordado un artículo que leí hace unos tres años. La redactora era una jurista que hablaba sobre las consecuencias del recurso al artículo 155 y concluía que su aplicación, de producirse, sería «un fracaso para todos». Estos días he pensado varias veces en lo inimaginable que parecía entonces lo que estamos viviendo hoy. Somos una democracia, estamos en la Unión Europea, vivimos en una sociedad del bienestar. Nadie está tan loco para poner todo eso en riesgo, pensé hace tres años: habría que ser un auténtico demente o un iluminado. Y, además, ¿cuántos estarían dispuestos a seguir a alguien con un discurso prebélico de ese tipo? Muy pocos, porque vivimos en una sociedad de gente sensata. Eso es lo que pensaba cuando leí aquel artículo.

Con todo, aún tengo la esperanza de que una chispa de sensatez brote en las mentes de Rajoy y de Puigdemont y mañana se aborte de tragedia in extremis. Que no se declare la independencia ni se aplique el 155. Acabo de escuchar las unas declaraciones de Sergi Pàmies en la Sexta, que decía que Puigdemont debe de llevar tres días sin dormir y que una persona que lleva tres días sin dormir no está para declarar independencias. Un poco de humor para el instante antes del choque.

25 de octubre de 2017

Tercera oportunidad este mes para declarar la independencia de Cataluña. No se hizo en las 48 horas posteriores al 1-O, no se hizo el 10-O pero podría hacerse el próximo viernes. De nuevo, habrá una congregación independentista cerca del Parlament, aunque no sé si con el mismo entusiasmo que hace quince días. ¿Volverán los payeses leridanos a recorrer 150 kilómetros con sus tractores hasta Barcelona? ¿Se fletará el mismo número de autocares? Estos días no noto la efervescencia que provocó la convocatoria anterior, ni recibo tantos whatsapps al respecto.

Como dije en entradas anteriores, tengo el convencimiento de que los líderes independentistas saben que han perdido la apuesta: de lo contrario hubieran declarado la independencia sin más poco después del 1-O. La falta de apoyos se hizo tan evidente que no se atrevieron a completar el procés de secesión. Pero, de todas formas, la inquietud está ahí. Siempre existe la posibilidad de que Puigdemont decida cometer una última locura y pasar a la Historia como el President que proclamó la independencia de Cataluña el 27 de octubre de 2017. Una proclamación probablemente inútil políticamente pero desastrosa en todos los otros aspectos. Como dice hoy Màrius Carol, director de La Vanguardia, «un desastre social, económico y político que va a condicionar el resto de nuestras vidas».

La alternativa que agitan los moderados es convocar elecciones autonómicas. Y esta convocatoria ha pasado a convertirse en un sinónimo de derrota del independentismo. Yo no acabo de compartir esta idea: no acabo de ver qué se consigue convocando elecciones más allá de ganar unas semanas de relativa calma. Si las elecciones se celebrasen y ganase el independentismo, ¿no volveríamos a estar en el mismo punto? Supongo que en Madrid se considera que, una vez asumida su derrota, el independentismo lo tendrá mucho más difícil para volver a levantar cabeza: habrá desmovilización de las bases, frustración entre sus dirigentes, nada volverá a ser igual. Yo no lo veo tan claro. Una nueva victoria (aunque sea en escaños) del independentismo sería interpretada como un nuevo referendo ganado, uno de esos «el poble de Catalunya està amb nosaltres» que tanto les gusta usar.

Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Aplicar el artículo 155 de la Constitución hasta el final, con todas las consecuencias? Me pregunto si el resultado no será el equivalente inverso a una declaración de independencia: una parte importante de la ciudadanía puede negarse a reconocer a las nuevas autoridades, lo cual puede desembocar en un conflicto social prolongado y mucho más agrio del que hemos vivido hasta ahora. Quizá, en un nuevo juego de manos, Puigdemont declare la independencia y convoque elecciones simultáneamente. ¿La mejor solució o la peor? Un amigo se preguntaba hace poco si Cataluña iba camino de convertirse en una nueva Euskadi de los años del plomo. «Un desastre social, económico y político que va a condicionar el resto de nuestras vidas».

19 de octubre de 2017

Leo en la prensa que este sábado se activa “el 155”, un número de resonancias ya casi cabalísticas y portador de ominosas amenazas. A renglón seguido, leo que la ANC, Òmnium y la CUP ya han anunciado movilizaciones que empiezan mañana mismo, a las ocho de la mañana. Empieza el mambo: una fase de movilizaciones permanentes que sus instigadores han bautizado como de “acción directa”.

Aún no está muy claro en qué consistirán estas acciones pero seguro que nos esperan días broncos en la calle (de mala maror, como decimos en catalán). Y digo días y no semanas porque continúo dudando del aguante del independentista medio para sostener una protesta activa durante un tiempo prolongado. Ayer mismo, 48 horas después de ingreso en prisión de los Jordis, apenas se escucharon las cacerolas en mi barrio (cuando la Guardia Civil arrestó a cargos del Govern hace tres semanas, las cassolades aguantaron con fuerza cuatro o cinco días). Pero tampoco quiero llevarme a engaño: aunque la intensidad de esas “acciones directas” vaya disminuyendo con el tiempo, siempre quedará un remanente de irreductibles dispuestos a cortar calles, hacer pintadas o interferir en la vida vida cotidiana de los ciudadanos para hacer notar su disgusto.

Una confesión: poco antes del 1-O me empezó a rodar por la cabeza la idea de marcharme de Cataluña. Sin embargo, preferí esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres semanas después, tengo por delante la negra perspectiva de acabar viviendo en un país en conflicto. Y me pregunto: ¿quiero vivir así? ¿Quiero convivir con un continuo de pequeños incidentes cotidianos, en una sociedad permanentemente en tensión? ¿Merece la pena? Si yo fuera independentista, la convicción de que al final del túnel me espera el luminoso horizonte de la independencia me daría un incentivo para soportar todo eso, pero sin serlo me pregunto si quiero vivir en una sociedad donde veo cómo la convivencia se va desintegrando poco a poco.

17 de octubre de 2017

El martes pasado acabé siguiendo en directo la comparecencia de Puigdemont en casa de mis padres. No pensaba verla, pero al ir a visitarlos tenían la tele puesta y me quedé: al fin y al cabo, se trataba de un acontecimiento histórico.

Unas horas después, me marchaba de su casa más relajado de lo que había entrado: no habría independencia, seguramente no habría 155 (como mínimo de manera inmediata) y podríamos respirar tranquilos durante una temporada. Un par de días después me marchaba a Londres aprovechando el puente del 12 de octubre.

De regreso, me he encontrado con que la incipiente distensión puede irse al traste con la detención y traslado a prisión ayer de los líderes de la ANC y de Òmium (conocidos por aquí como “los Jordis”). Una decisión que me parece excesiva pero que ha tomado una jueza haciendo uso de la independencia que le otorga la separación de poderes, aunque muchos (el Govern incluido) hayan querido ver la mano negra de Rajoy. Sinceramente, no sé qué puede ganar en estos momentos Rajoy con una jugada así: ¿meter miedo al independentismo? ¿Provocar algún tipo de reacción social que justifique el empleo del 155 en breve? Creo que le interesa mucho más alargar la situación de distensión y dejar que se calmen un poco las aguas.

Sin embargo, no me preocupa que Puigdemont se líe la manta a la cabeza y declare la independencia. Si no lo hizo el martes fue porque sabía que carece de apoyos para tirar adelante una empresa semejante y eso no ha cambiado en una semana.

Lo que ahora temo es que las movilizaciones anunciadas para esta tarde puedan prolongarse y provocar una nueva oleada de agitación social, como la que nos tocó vivir en la semana anterior al 1-O. Los mecanismos habituales se han puesto en marcha: ayer noche la cassolada resonó con fuerza en mi barrio, he recibido durante el día de hoy media docena de emails de origen institucional, sindical y académico solidarizándose con los Jordis, esta misma tarde hay una gran manifestación convocada en el centro de Barcelona, la CUP ya ha empezado a hablar de huelgas. Y estoy seguro de que los grupos de whatsapp (pertenezco a pocos y casi inactivos) hierven con eslóganes y consignas. Mi esperanza es que, con el objetivo último de la DUI en un horizonte inalcanzable, la agitación social no alcance las peligrosas cotas pre-revolucionarias de unas semanas atrás.

9 de octubre de 2017

¿Veremos mañana una línea gruesa separando España de Cataluña en Google Maps? La largamente esperada declaración de independencia está aquí. El fin del procés. El botón nuclear. Después de unos días de relativa calma, mañana nos enfrentamos a la nueva fecha clave en esta traca final.

Aprovecho estas últimas horas para reflexionar. Esta última semana el independentismo se ha quedado sin muchos de los apoyos políticos y económicos con los que creía contar y ha perdido iniciativa. El ambiente se ha relajado, lo cual es muy de agradecer. Poco a poco todos hemos ido volviendo a nuestra rutina diaria. ¿Me preocupa que dentro de 24 horas Cataluña pueda ser un país independiente? No demasiado. Me preocupa más que se reproduzca la tensión social que hemos vivido en estas dos últimas semanas. Me preocupa que mañana a estas horas las cassolades estén volviendo a sonar. Escuchar consignas a voz en grito por la calle, ver policías deteniendo a gente. Me preocupa más volver a meterme en la cama con el nudo en el estómago que me impidió dormir la noche del 1-O.

Esta noche mismo, a menos de 24 horas de la trascendental declaración de independencia, no he oído ni una cassolada en mi barrio. Ni he visto una sola pintada alusiva al respecto. Eso es buena señal, supongo. Tengo la esperanza de que mañana Puigdemont declare una independencia simbólica, diferida o reversible: un invento retórico para contentar a los suyos sin lanzarse (ni lanzarnos a todos) por el precipicio. Pero incluso si Puigdemont decidiera apretar el botón nuclear y proclamar mañana la República Catalana, la respuesta, tanto del gobierno de Rajoy como de las instituciones europeas, sería tan clara y contundente que no creo que nadie llegase a sentir que realmente ha pisado Ítaca

Estoy más tranquilo que la noche antes del 1-O. ¿Es buena señal? En 24 horas hablamos.

4 de octubre de 2017

Hace un par de días, en el gimnasio al que acudo por las tardes, una chica extranjera me preguntó si creía que habría una guerra en Cataluña. Esa pregunta, medio en serio medio en broma, creo que resume bien la atmósfera que se respira aquí estos días.

Cuando comencé este blog hace unas semanas, insistí varias veces en que, a mi alrededor, todo estaba tranquilo. La gente iba a lo suyo. Prácticamente nadie mencionaba la independencia, ni el referéndum, ni nadie veía ninguna revolución en el horizonte. He sido testigo alucinado de cómo, en pocas semanas, la situación social y política se ha degradado en una espiral de acción-reacción inverosímil, que ha arrastrado a muchos miles de personas con ella.

Estos días soy muy consciente de lo rápido que pueden cambiar muchas cosas. Hace días que recibo emails de conocidos en el extranjero, alarmados por lo que oyen en los informativos. Mi madre, con quien casi nunca había hablado de política, me envía ahora whatsapps llenos de preocupación. Por las noches oigo cassolades y gritos. Salgo de casa por la mañana y el barrio está lleno de pintadas independentistas. Leo hoy que CaixaBank ha dado instrucciones a sus empleados para tranquilizar a los clientes. Hay una tensa aprensión en el ambiente, en las conversaciones que oigo por la calle. Una persona con la que siempre había hablado en castellano de repente se ha empezado a dirigir a mí en catalán: ¿un despiste? ¿un acto consciente de lealtad lingüística, quizá? Uno ya no sabe qué pensar.

Ayer el Rey apareció por televisión pidiendo sin evasivas que se ataje la deslealtad de la Generalitat, lo que se ha interpretado en Madrid como la luz verde para suspender la autonomía. Hoy está prevista una alocución de Puigdemont desde la esquina opuesta del ring. Convencido de que ha nacido para protagonizar este momento, seguro que no tratará de serenar a nadie.

Recuerdo haber leído hace años una serie de entrevistas a personas que vivieron la Guerra Civil. Me sorprendió que muchas coincidieran en una cosa: les parecía imposible que pudiera estallar una guerra en España. Veían cómo la situación social se deterioraba pero se resistían a creer que en la sociedad en la que vivían pudiera ocurrir algo así: era inverosímil, impensable, la cosa no estaba tan mal. Y hace un par de días, me preguntan si creo que va a haber una guerra.

Pues, no creo que vaya a haber una guerra. Es inverosímil, impensable. No creo que estemos todos tan locos, ni que la Europa del siglo XXI se quedase callada, ni que haya una correlación de fuerzas que lo permita. Pero, ¿habrá conflicto? ¿Lleva Cataluña camino de convertirse en una “región en conflicto”, como ésas de las que oímos hablar en la tele y que siempre nos han parecido tan lejanas? ¿Se convertirán el choque contínuo y la violencia de baja intensidad en nuestra normalidad cotidiana? Me alarma que haya tanta gente dispuesta a que sea así, que parece andar buscándolo.

1 de octubre de 2017

No sabía muy bien cómo empezar esta entrada. He escrito diversos inicios, unos de tristeza, otros de preocupación, o de rabia, o de hartazgo por todo lo que ha ocurrido en los días que han desembocado en este tremendo 1-O. Pero a estas horas muchos articulistas ya han expresado sentimientos similares y mucho mejor de lo que lo podría hacer yo.

Así que empezaré con un mensaje de sorpresa. De sorpresa indignada, en este caso: ¿cómo puede el gobierno de Rajoy haberlo hecho tan mal? ¿Cómo puede haber gestionado tan mal no sólo esta jornada, sino todas las que han llevado a la de hoy? No consigo entender qué esperaba el ministro Zoido ordenando la vergonzosa carga policial de esta mañana contra unas docenas de colegios electorales repartidos por la geografía catalana. ¿Asustar a los votantes? ¿Pretender que, en el último minuto, el Estado estaba reaccionando? Lo único que ha conseguido son escenas de represión que han hundido su imagen, que han sido portada en toda Europa y que han proporcionado una valiosísima munición al imaginario independentista. Más allá de los problemas de funcionamiento del referéndum, las imágenes de los votantes heridos (465 según el Govern) será lo que quedará de este 1-O, en el que el independentismo ha sido el vencedor moral absoluto.

Durante mucho tiempo se ha dicho que el PP es el mejor aliado del independentismo en Cataluña y es totalmente cierto. Estoy seguro de que con un gobierno de otro color jamás habríamos llegado a un 1-O (o, al menos, a uno como el de hoy). Por eso me pregunto una y otra vez: ¿realmente el gobierno de España está tan mal asesorado como parece? ¿Es que lo que se cuece en Cataluña no llega hasta Madrid? Mientras en independentismo crecía y acumulaba fuerzas sin parar, el señor Rajoy parecía estar mirando las musarañas, desentendiéndose del problema hasta un extremo tan alarmante que yo mismo llegué a pensar si, en realidad, no habría algún plan secreto, alguna estrategia que explicara tanta aparente inacción. Me equivocaba: no había ningún plan secreto, no había ningún plan. Devoto de la divina providencia, Rajoy simplemente confió en que el problema se solucionase mágicamente, por sí solo.

Desde luego, tengo que felicitar al independentismo por su habilidad y su tesón. Ayer dije que la noche de hoy estaría marcada por el triunfalismo (no era difícil de prever) pero, más allá de las cifras, tengo la sensación de que Puigdemont ha ganado el pulso político a Rajoy. Y me da miedo que, por muy discutibles que sean los números que nos venda esta noche, se sienta ya invencible y se plantee declarar la famosa independencia unilateral: el botón nuclear del independentismo.

Recuerdo que hace tan sólo unos meses Rajoy declaró en una entrevista que el procés no le preocupaba “ni dos horas a la semana”. Bueno, me parece que ahora le debe de estar preocupando un poco más.